Cuando tenía 8 años, declaré que algún día me casaría con Alejandro, el vecino de al lado… 14 años después, cuando me gradué y ya tenía un trabajo estable, él apareció con flores y me preguntó: "Entonces… ¿todavía quieres ser mi esposa?"
Cuando tenía 8 años, todo el vecindario enGuadalajara, Jalisco, sabía que yo "ya tenía marido".
Mi "futuro esposo" se llamabaAlejandro, el vecino que era casi diez años mayor que yo. Era alto, amable y siempre estaba dispuesto a ayudar a las familias del barrio arreglando la electricidad, las tuberías o cualquier cosa que se descompusiera en las casas de las calles color terracota.

Ese día, yo estaba parada en medio del patio de mi casa, bajo una bugambilia morada llena de flores. Con las manos en la cintura, declaré con toda la seguridad del mundo delante de los adultos:
—¡Cuando sea grande, me voy a casar con Alejandro!
Todo el barrio estalló en carcajadas.
Las vecinas que estaban sentadas afuera tomandoagua frescase rieron tanto que tuvieron que agarrarse el estómago. Doña Rosa, la señora que vendía pan dulce en la esquina, bromeó enseguida:
—¡Ay, esta niña Camila sí que tiene carácter!
Alejandro, que estaba junto a su vieja motocicleta, se puso rojo de vergüenza. Caminó hacia mí y me revolvió el cabello con una sonrisa incómoda.
—¿Y tú qué sabes de casarte? Eres solo una niña.
Yo hice un puchero y respondí de inmediato:
—¡Claro que sé! ¡Alejandro es la persona que más quiero en todo el barrio!
Desde ese día, cada vez que lo veía pasar frente a mi casa, corría detrás de él y gritaba:
—¡Esposo!
Y el vecindario volvía a reír a carcajadas.
Alejandro solo podía sacudir la cabeza con una sonrisa tranquila y decir:
—Cuando crezcas, seguro que lo olvidarás.
Pero yo no lo olvidé.
El tiempo pasó más rápido de lo que imaginé.
Catorce años después, tenía22 años. Acababa de graduarme de la universidad enGuadalajaray había conseguido un trabajo estable en una empresa de comunicación.
Ya no era la niña de cabello corto y rodillas llenas de polvo que corría por todo el barrio.
Ahora era una mujer adulta, capaz de cuidar de sí misma y de pensar seriamente en su futuro.
Y Alejandro…
Alejandro tampoco era el joven que arreglaba cosas por todo el vecindario.
Ahora eradirector de una pequeña empresa de construcciónque iba creciendo cada año en Jalisco. Cada vez que regresaba al barrio en fiestas o reuniones familiares, llegaba conduciendo un elegante coche negro. Vestía trajes impecables y tenía una presencia madura que hacía que cualquiera lo mirara dos veces.
El día que llevé algunas cajas desde mi pequeño departamento en el centro de la ciudad a la casa de mis padres, el sol de Guadalajara brillaba intensamente.
Yo estaba en el patio acomodando mis cosas junto a la pared color crema cuando escuché un coche detenerse frente a la reja.
Miré hacia la entrada.
Y me quedé congelada.
Allí estabaAlejandro.
Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado. Sus hombros anchos y su postura segura lo hacían ver aún más alto. Su rostro era el mismo que recordaba, pero ahora tenía una madurez y un encanto que antes no había notado.
En sus manos llevabaun ramo de rosas rojasenvuelto en papel color beige.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Alejandro me miró a los ojos. Su mirada era profunda y cálida, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Luego habló con una voz baja y tranquila:
—Cuando eras niña… dijiste que algún día te casarías conmigo.
Yo seguía inmóvil, todavía sosteniendo una caja entre mis brazos.
Él dio un paso más hacia mí y me extendió el ramo de flores.
—Entonces… dime algo.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar:
—¿Todavía quieres ser mi esposa?

Por unos segundos, no pude decir nada.
El tiempo pareció detenerse en medio del patio.
El sol de Guadalajara caía cálido sobre las paredes color crema de la casa de mis padres, iluminando el rostro de Alejandro mientras sostenía el ramo de rosas frente a mí.
Mi mente estaba llena de recuerdos.
La niña de ocho años que corría por la calle polvorienta del barrio.
La bugambilia morada que siempre florecía frente a nuestra casa.
Las risas de los vecinos cuando yo gritaba con toda la seriedad del mundo:
Y ahora…
Catorce años después.
Él estaba allí.
Frente a mí.
Preguntándome lo mismo que aquella niña había prometido.
Sentí que mi corazón golpeaba tan fuerte que Alejandro seguramente podía escucharlo.
Intenté hablar.
Pero mi voz no salió.
Alejandro soltó una pequeña risa nerviosa.
—Bueno… —dijo, rascándose ligeramente la nuca— tal vez fui demasiado directo.
Sus ojos se suavizaron al mirarme.
—Si necesitas tiempo para pensarlo, lo entiendo.
Eso fue lo que finalmente rompió el hechizo.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
Alejandro levantó ligeramente las cejas.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Quiero decir… no necesito tiempo.
Lo miré directamente a los ojos por primera vez desde que llegó.
—Nunca lo olvidé.
Hubo un silencio suave entre nosotros.
El tipo de silencio que no incomoda, sino que guarda algo importante.
—¿Qué cosa? —preguntó Alejandro en voz baja.
Respiré hondo.
—Que iba a casarme contigo.
Durante un segundo, Alejandro simplemente me miró.
Luego algo cambió en su expresión.
Una mezcla de sorpresa, alivio… y felicidad pura.
—¿Hablas en serio? —preguntó.
Asentí.
—Siempre pensé que tú ya ni te acordabas.
Alejandro dejó escapar una risa baja.

—¿Olvidarlo?
Negó con la cabeza.
—Camila, medio barrio me lo recuerda cada vez que vuelvo.
No pude evitar reír.
—Eso suena justo.
Él dio otro paso hacia mí.
Ahora estábamos tan cerca que podía sentir el ligero aroma de su perfume mezclado con el aire cálido de la tarde.
—Pero… —dijo suavemente— no vine solo por eso.
Levantó el ramo de flores otra vez.
—Vine porque esa niña que decía que iba a casarse conmigo… creció y se convirtió en alguien increíble.
Mi corazón se apretó dentro de mi pecho.
—Te vi el otro día en el café del centro —continuó—. Estabas trabajando con tu computadora, hablando con tanta seguridad con tu jefe por teléfono.
Fruncí el ceño.
—¿Me viste?
Sonrió.
—Y pensé: ¿cuándo pasó esto?
Lo miré confundida.
—¿Cuándo pasó qué?
—¿Cuándo esa niña que corría detrás de mí gritando "esposo" se convirtió en la mujer más hermosa del lugar?
Sentí que mi rostro se ponía completamente rojo.
—Alejandro…
—Es verdad.
Su voz se volvió más seria.
—Camila, no vine solo por una promesa de la infancia.
Me miró con una intensidad que hizo que mi corazón latiera aún más rápido.
—Vine porque me di cuenta de que, si no venía hoy… probablemente iba a arrepentirme el resto de mi vida.
El mundo alrededor de nosotros parecía desaparecer.
No escuchaba los coches en la calle.
Ni a los vecinos hablando a lo lejos.
Solo su voz.
Solo sus ojos.
—Durante años —continuó— pensé que lo que dijiste era solo una broma de niña.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero yo nunca dejé de pensar en ti.
Eso me tomó completamente por sorpresa.
—¿Qué?
Alejandro se encogió de hombros con una sonrisa tímida.
—Cuando te fuiste a la universidad, el barrio se sentía extraño.

—Ni siquiera vivíamos en la misma casa —dije.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—Porque ya me había acostumbrado a saber que estabas ahí.
Sus palabras eran simples.
Pero algo dentro de mí se estremeció.
—La niña que gritaba mi nombre cada vez que pasaba por la calle —dijo suavemente— desapareció de repente.
Bajé la mirada, sintiendo una emoción inesperada subir por mi pecho.
—Pensé que ya tendrías novio en la universidad.
—No lo tuve.
Alejandro levantó la mirada sorprendido.
—¿En serio?
Negué con la cabeza.
—Siempre estaba ocupada estudiando.
Luego añadí, casi en un susurro:
—Y tal vez… comparando a todos contigo.
Por primera vez desde que llegó, Alejandro se quedó completamente sin palabras.
Me miró como si intentara asegurarse de que había escuchado bien.
—Camila…
Levanté los ojos.
Alejandro respiró profundamente.
—Entonces creo que vine exactamente en el momento correcto.
Levantó el ramo de rosas otra vez y lo colocó suavemente en mis manos.
—Porque yo tampoco encontré a nadie como tú.
El viento movió ligeramente las flores de bugambilia sobre nosotros.
Y en ese momento…
Escuchamos una voz desde la casa.
—¡Camila!
Era mi madre.
Asomó la cabeza por la puerta.
—¿Quién llegó?
Sus ojos se abrieron al ver a Alejandro.
—¡Alejandro!
Luego miró el ramo de rosas en mis manos.
Después nos miró a los dos.
Una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—¡Ay, Virgen Santísima!

Y gritó hacia dentro de la casa:
—¡Miguel! ¡Ven rápido!
Mi padre apareció segundos después.
Se detuvo al ver la escena.
Luego soltó una carcajada.
—¡Lo sabía!
Yo sentí que quería desaparecer.
—Papá…
Pero Alejandro, sorprendentemente, parecía tranquilo.
Mi padre caminó hacia él y le dio una palmada fuerte en el hombro.
—Tardaste catorce años, muchacho.
Alejandro se rió.
—Sí, señor. Creo que sí.
Mi madre cruzó los brazos con una sonrisa divertida.
—Bueno… —dijo— ¿y ahora qué sigue?
Alejandro me miró.
Luego miró a mis padres.
Respiró hondo.
Y dijo:
—Ahora… si Camila quiere…
Su mano buscó la mía.
—Me gustaría empezar a cumplir esa promesa.
Sentí que mi corazón se llenaba de una felicidad tranquila y profunda.
Lo miré.
Y sonreí.
—Creo que esa niña de ocho años estaría muy orgullosa ahora.
Alejandro apretó suavemente mi mano.
—Yo también lo estoy.
El sol comenzaba a bajar lentamente sobre el barrio.
Los vecinos empezaban a salir a sus puertas como siempre por la tarde.
Y cuando Doña Rosa vio a Alejandro de pie frente a mí con las flores…
Gritó desde la esquina:
—¡Se los dije! ¡Esos dos iban a terminar juntos!
Las risas llenaron la calle otra vez.
Pero esta vez…
Nadie se estaba burlando.
Esta vez…
Era una celebración.