La historia de Laureano: Regreso al rancho donde su padre murió solo y una cabra perdida le devolvió la…

Volvió al rancho donde su padre murió solo… Una cabra perdida le devolvió la vida. Laureano bajó de la combi con una caja de cartón amarrada con mecate y un morral que olía a guardado. El rancho quedaba donde el camino de terracería se rendía y el monte ganaba. 40 hectáreas de tierra flaca que su padre había dejado morir de abandono antes de morirse él. Don Epifanio, el de la tienda de abarrotes, dijo enfrente de todos que Laureano había vuelto solo para enterrar lo que ya estaba muerto. Pero Laureano sabía algo que don Epifanio no sabía. Quien ya perdió un hijo y siguió respirando al día siguiente, no le tiene miedo a un corral vacío. El dolor ya cobró lo más caro que tenía. Lo que queda después es una cosa rota por dentro, pero firme por fuera, que no se explica con palabras, solo se demuestra con lo que las manos hacen cuando el corazón ya no sabe qué sentir. Porque lo que este hombre levantó de la tierra muerta va a cambiar cómo miras lo que parece perdido para siempre. El autobús lo había dejado en la cabecera municipal a las 6 de la mañana. De ahí caminó dos horas por vereda hasta la desviación y luego otra hora por terracería suelta hasta el portón de alambre que ya no cerraba. El portón tenía el nombre del rancho soldado en Fierro Viejo sobre el arco de entrada, los tres Magues. Las letras estaban oxidadas y la segunda 'e' había caído, dejando un hueco que el tiempo no se molestó en reparar. Laureano empujó el alambre, entró y se quedó parado. El corral principal estaba vacío. Los postes de mezquite seguían en pie, porque el mezquite no se rinde fácil, pero el alambre colgaba suelto en la mayoría de los tramos. El comedero de cemento tenía grietas por donde crecía hierba seca. El bebedero de lámina estaba volteado, abollado, inservible. La casa era de adobe con techo de lámina galvanizada, paredes gruesas que el sol de décadas había pintado de un color que ya no era blanco ni era nada, solo tiempo acumulado. La puerta estaba entreabierta, dentro olía encierro y a polvo y a algo más viejo que los dos. No había animales, ni una gallina, ni un perro, ni una cabra perdida. El silencio era total, del tipo que no descansa, que ocupa cada rincón como si fuera dueño del lugar desde hace mucho más tiempo que cualquier persona. Laureano dejó la caja y el morral en el suelo, se quitó el sombrero, se limpió el sudor con la manga y miró el corral vacío como quien mira un espejo que muestra lo que uno no quiere ver. Historia completa en los comentarios ↓

Image

Image

Image

Image

Previous Post Next Post